Mostrando entradas con la etiqueta EVOLUCIÓN. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta EVOLUCIÓN. Mostrar todas las entradas

lunes, 23 de marzo de 2009

EL CEREBRO DE HOMBRES Y MUJERES PERCIBE LA BELLEZA DE FORMA DIFERENTE

CUESTIÓN DE EVOLUCIÓN
El cerebro de hombres y mujeres percibe la belleza de forma diferente

'Paisaje de Capri', de Francisco Pradilla, uno de los cuadros reproducidos con permiso del Museo del Prado para el ensayo

* Hombres y mujeres activan regiones cerebrales diferentes para decidir si algo es bello

'Paisaje de Capri', de Francisco Pradilla, uno de los cuadros reproducidos con permiso del Museo del Prado para el ensayo



MADRID.- Leer un artículo científico sobre la percepción de la belleza en la que figuran apellidos tan ilustres como Cela o Ayala no deja de tener su punto de gracia. Eso es lo que ha ocurrido esta semana en las páginas de la revista 'Proceedings of the National Academy of Sciences', donde un grupo de investigadores españoles ha analizado por primera vez cómo reacciona el cerebro de hombres y mujeres ante la visión de una imagen hermosa.

Encabezados por el investigador Camilo José Cela-Conde, de la Universidad de las Islas Baleares, y el biólogo de la evolución Francisco Ayala, de la Universidad de California, Irvine (en EEUU), los científicos han abordado una de las cuestiones más debatidas a lo largo de la historia de la Humanidad: las diferencias entre sexos.

En este caso, en lugar de recurrir a la resonancia magnética que se suele emplear en este tipo de iniciativas, los autores recurrieron a la magnetoencefalografía. "Esta técnica mide los campos electromagnéticos producidos por la actividad eléctrica de las neuronas, y no el flujo sanguíneo como hace la resonancia. Además, puede hacerlo en fracciones de tiempo menores de un segundo, por lo que resulta mucho más sensible", explica Fernando Mastú, del Centro Dr. Pérez Modrego de la Universidad Complutense de Madrid.

En total, 10 hombres y 10 mujeres de unos 25 años fueron analizados mientras observaban 240 cuadros de los estilos artísticos más diversos (algunos de ellos reproducidos con permiso del Museo del Prado de Madrid) y fotografías de todo tipo. Debían decidir si les parecían bellos o no. Los investigadores contemplaron que el cerebro masculino sólo mostraba actividad en su hemisferio derecho, mientras que la reacción femenina se repartía bilateralmente, implicando a las dos mitades de su cerebro.

"Esto no fue una gran sorpresa porque sigue la pauta observada en otras funciones cognitivas, que ya han mostrado que las mujeres tienen mayor bilateralidad que los hombres", explica Cela-Conde a elmundo.es; "pero hasta ahora nunca se había intentado dar una explicación científica de este tipo a una experiencia tan compleja como el arte".
Una cuestión evolutiva

Aunque la técnica no permite desentrañar exactamente el porqué de las diferencias entre géneros, los autores apuntan a una hipótesis relacionada con la evolución de la Humanidad. "Sospechamos que tiene que ver con una presión selectiva a lo largo de la evolución por los diferentes roles que tuvieron nuestros ancestros homínidos cuando eran cazadores y recolectores", explica Cela-Conde; es decir, por las labores encomendadas a cada sexo dentro de la organización social que obligaron a unos y otras a adaptarse a sus funciones.

Esta apreciación tiene que ver también con que la mayor actividad neuronal se produjo en el lóbulo parietal, una región del cerebro que ha evolucionado de gran manera desde que las estirpes del chimpancé y el humano se separaron. Este 'pequeño' detalle hace suponer a los investigadores que la capacidad humana para apreciar la belleza y el arte ("uno de los rasgos más característicos del ser humano y la única habilidad que nos diferencia de los animales") también data de esa etapa posterior del desarrollo.


Una de las escenas urbanas que vieron los voluntarios (Foto: Camilo J. Cela-Conde)

En lo que sí coincidieron los 20 participantes, es en que su cerebro tardó entre 300 y 900 milisegundos en reaccionar a las imágenes. Un brevísimo retraso desde que veían la fotografía hasta que decidían si les gustaban. "Muchos profesores que llevan a sus alumnos a los museos se desesperan porque creen que los chavales no prestan atención; pero en realidad no es así", explica el investigador. "Deberían tener en cuenta que el ser humano tarda menos de un segundo en decidir si algo le gusta o no. Nuestra primera decisión es inmediata, casi como un flechazo".

Como explica Maestú, la estrategia cognitiva de las mujeres está más centrada en el hemisferio izquierdo, lo que tiene que ver con su tendencia a verbalizar todo más a menudo; mientras que los hombres dominan mejor los aspectos espaciales. "Se podría decir", añade, "que las mujeres son más semánticas; y esto podría aplicarse también a su apreciación de la belleza".

Los investigadores han ampliado con este trabajo una experiencia previa que analizó únicamente la percepción estética entre las mujeres. Entre sus siguientes pasos, como anuncia Cela-Conde, tratarán de observar la reacción del cerebro únicamente ante cuadros abstractos, "porque no se miran igual que las escenas figurativas". En esta ocasión, han contado con la participación del Hospital Clínico San Carlos y el Instituto de Física Interdisciplinar del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Claudio Mirasso, investigador de este último centro, concluye que este tipo de trabajos interdisciplinares pueden tener alguna aplicación práctica en el futuro. "Si somos capaces de saber cómo percibe, analiza y procesa la información el cerebro, podemos estudiar a personas con disfunciones, con algún 'cortocircuito' o fallos en ciertas conexiones neuronales y que no son capaces, por ejemplo, de apreciar la belleza".

MARIA VALERIO

martes, 17 de febrero de 2009

UN ALGA REVELA LAS CLAVES DE LA FORMACIÓN DE LA VIDA COMPLEJA



De una forma semejante a la que llevó, en 1953, al entonces doctorando Stanley L. Miller y a su director Harold Urey a rastrear en un laboratorio el orígen de las primeras moléculas orgánicas formadas en la Tierra, un equipo científico de la Universidad de Arizona ha buceado en el árbol filogenético de un grupo de algas verdes microscópicas, llamadas 'Volvox', para establecer los pasos fundamentales de la formación de los organismos multicelulares de este grupo en la Tierra.

Los investigadores, dirigidos por el especialista en biología evolutiva Matthew D. Herron, no sólo han podido esclarecer los grandes cambios que operaron en el ancestro unicelular del género hasta que concluyó la formación de la primera forma de vida multicelular de este tipo de algas, sino que, además, han conseguido determinar en qué momento de la Historia de la Vida operó cada transformación. Esto ha permitido al equipo de Herron datar el orígen multicelular de estos organismos hace alrededor de 234 millones de años, en lugar de hace entre 50 y 75 millones de años, como se creía hasta el momento.



'Volvox tertius'. | PNAS

Aunque la fecha de aparición se retrasa sustancialmente hay que tener en cuenta que por aquel entonces (pleno triásico) ya andaban por la superficie terrestre los primeros dinosaurios. Aún así, el trabajo podría orientar futuras investigaciones dirigidas a esclarecer el orígen multicelular de las plantas y los animales.

Además, según afirman los investigadores en el trabajo, publicado en la revista científica 'Proceedings of the National Academy of Sciences' (PNAS), la mayor parte de los cambios que ocurrieron en el desarrollo de estas algas tuvieron lugar durante una temprana y rápida (en términos de millones de años, por supuesto) explosión que tuvo lugar poco después de la divergencia entre las formas uni y multicelular.
El reloj de la vida multicelular

En los 34 millones de años después de esta separación tuvieron lugar gran parte de las transformaciones que darían con la forma multicelular que conocemos en la actualidad. Hace 223 millones de años tuvo lugar el primer gran cambio. Las células hijas de una forma de vida parecida a las actuales Chlamydomonas, que debieron separarse, quedaron atrapadas en una matriz común. A partir de ese momento se sucedieron de forma rápida los cambios.


'Pleodorina starrii'. | PNAS

Hace unos 211 millones de años, se produjo la primera citoquinesis incompleta en el grupo de algas, es decir, que, tras una división celular, las paredes de ambas células hijas no se cerraron completamente quedando unidas por puentes de citoplasma (el líquido que contiene el interior de las células). Además, algunas de las células resultantes rotaron para que sus órgánulos locomotores quedaran orientados hacia el mismo lado y el organismo, ya multicelular, tuviese un sistema locomotor más efectivo, parecido al flagelo que impulsa a los espermazoides pero formado por muchos filamentos.

Poco después, tan sólo unos 11 millones de años, se produjo el cambio de forma corporal definitivo, lo que produjo una especialización definitiva de las células que formaban el organismo. Por último hace unos 180 millones de años se dio el primer paso hacia la diferenciación de las células reproductoras y las somáticas o no reproductoras.

El equipo de Herron sugiere que este primer modelo bien documentado podría ayudar a comprender la formación de los ancestros multicelulares de animales y plantas, ya que este mismo proceso se ha producido en la Historia de la Vida docenas de veces.

Miguel G. Corral

lunes, 16 de febrero de 2009

"DARWIN UN ATEO BLASFEMO"



Cuando, en 1859, Charles Darwin acuñó el evolucionismo, la Iglesia puso el grito en el cielo y tachó su teoría de «quimera de un ateo blasfemo». El evolucionismo fue tajantemente rechazado por la Iglesia hasta el pontificado de Pío XII, el primer Papa que dejó entrever la posibilidad de que no fuese absolutamente incompatible con la fe. Pero la rehabilitación del darwinismo tardó en llegar.

El Pontífice que tuvo el arrojo de pedir perdón y rehabilitar a Darwin fue Juan Pablo II, el Papa perdonador. El 24 de octubre de 1996 Wojtyla reconocía públicamente que el evolucionismo «es ya más que una sola hipótesis». Todavía entonces, algunos fundamentalistas católicos se escandalizaron. Y es que, durante muchos siglos, la Iglesia había sostenido y explicado el origen del Universo y de la especie humana ateniéndose literalmente al relato bíblico del Génesis, en el que Dios crea el mundo en siete días y al hombre del barro de la tierra.

Aunque también es cierto que, en el último cuarto del siglo XIX, un colectivo de clérigos y científicos católicos había apostado por conciliar el evolucionismo con la fe. Era el darwinismo católico. Con eximios representantes también en España, como el sacerdote Juan González de Arintero (1860-1928) o el cardenal Primado de Toledo, Ceferino González y Díaz Tuñón (1831-1894).

Estos y otros importantes eclesiásticos del evolucionismo cristiano tuvieron que hacer frente a las duras críticas de sus adversarios. Por ejemplo, la escritora Emilia Pardo Bazán, lanzaba, en 1877, una soflama contra ellos en la revista católica 'Ciencia Cristiana'. Pero los conciliadores se fueron imponiendo también en el seno de la Iglesia y esta tendencia alcanzó su culmen en la obra del jesuita francés Teilhard de Chardin. Y la consiguiente 'bendición' por parte de Roma.

De hecho, a partir del Concilio Vaticano II (1962-1965) y sobre todo de la explicitación del Papa Wojtyla, la fe cristiana no tiene dificultad en asumir el evolucionismo. Con una condición: que se admita una acción peculiar de Dios que determina el paso de lo que es animal o lo que es persona mediante la infusión del alma humana. Lo que en ningún caso puede admitir un cristiano es un evolucionismo puramente materialista, que no explique la diferencia esencial entre el hombre y los demás seres inferiores.

José Manuel vidal

CIENCIA VS RELIGIÓN



Charles Robert Darwin supo desde el principio que su Teoría de la Evolución iba a caer como una irreverente bomba sobre los dogmas establecidos de la fe cristiana. No es de extrañar, por lo tanto, que se pasara más de dos décadas dándole vueltas a lo que el filósofo Daniel Dennett bautizó como su «peligrosa idea», hasta que finalmente se atrevió a publicar 'El Origen de las Especies'.

Poco antes de que esta osada obra viera la luz, en una carta que escribió a su amigo Joseph Hooker, Darwin confesó que se sentía «como un hombre a punto de confesar un crimen». No era para menos. En la Inglaterra victoriana del siglo XIX, la idea de que todas las especies vivas —incluyendo el ser humano— no habían sido engendradas de un día para otro por la mano de Dios, sino que habían evolucionado durante millones de años mediante un proceso de selección natural, suponía una insolente blasfemia.

Para comprender hasta qué punto Darwin era perfectamente consciente de la polémica que sus ideas iban a desencadenar, hay que tener en cuenta su propia trayectoria personal e intelectual. Al fin y al cabo, en su juventud el 'padre de la evolución' estudió teología en la Universidad de Cambridge con la intención de convertirse en sacerdote de la Iglesia Anglicana, y no cuestionaba la validez de la Biblia como fuente sagrada para explicar el origen del mundo. Sin embargo, a lo largo de los años, y sobre todo tras la experiencia transformadora que vivió durante su aventura científica a bordo del Beagle, la fe de Darwin se fue erosionando ante el cúmulo de evidencias que contradecían todas las verdades supuestamente incuestionables del Libro del Génesis.

El creciente escepticismo del naturalista frente a la religión se convirtió en una dolorosa fuente de tensión con su devota esposa Emma, sobre todo desde que en 1849 dejó de ir a misa los domingos, y decidió dedicar el rato que su familia pasaba en la iglesia a pasear por el campo para seguir reflexionando sobre sus ideas. Dos años después, la muerte de su adorada hija Annie, como consecuencia de una tuberculosis que acabó con su vida a los 10 años, fue la puntilla que le hizo perder definitivamente la fe. Para Darwin, la crueldad y el sufrimiento de un mundo donde él había comprobado cómo algunas avispas se alimentaban de los cuerpos vivos de los gusanos en la dura lucha por la supervivencia, o donde morían niños inocentes como su queridísima Annie, no parecían compatibles con la existencia de un Dios omnipotente que se preocupara por sus criaturas. Sin embargo, a pesar de todo, Darwin nunca quiso definirse públicamente como ateo, y dejó escrito que «el agnosticismo es una descripción más correcta de mi postura».

Como era de esperar, la publicación de 'El Origen de las Especies' en 1859 desató un escándalo descomunal en la sociedad británica, y Darwin tuvo que sufrir la humillación de ver su inconfundible rostro barbudo caricaturizado sobre el cuerpo de un mono. Al mismo tiempo, las autoridades eclesiásticas de la Iglesia Anglicana denunciaron que la Teoría de la Evolución constituía la visión más degradante del ser humano jamás concebida, y alguno incluso llegó a compararle con la serpiente del Jardín del Edén, por intentar pervertir a la sociedad británica con sus «ideas perversas».

A Darwin toda esta polémica no debió sorprenderle demasiado, ya que conocía de primera mano, dentro de su propio hogar, los conflictos religiosos que podían provocar sus teorías. Lo que sin duda le hubiera chocado mucho más es descubrir que 150 años después, las llamas de esta controversia todavía no se han apagado en el mundo del siglo XXI.

Pablo Jáuregui

HUMANOS Y CHIMPANCÉS PARIENTES NO TAN CERCANOS



El hombre desciende del mono y la distancia genética que le separa de su pariente vivo más cercano, el chimpancé, se creía hasta hoy como muy estrecha, cerca de un 1%. Este precepto, aceptado hasta hoy, tiende un puente entre la Teoría de la Evolución y la Ciencia moderna, construida sobre los sólidos cimientos de la obra de Charles Darwin, cuyo bicentenario se conmemora esta semana. Sin embargo, una investigación publicada en la revista Nature señala que ambas especies comparten no un 99% de su ADN, como se creía hasta ahora, sino un 89%.

El naturalista británico acertó con las dos ideas fundamentales de su teoría. Los organismos se transforman a lo largo de la Historia de la Vida gracias a los caracteres que heredan de sus antecesores y estos rasgos son seleccionados o eliminados mediante Selección Natural. Pero durante la elaboración de los preceptos que le condujeron a la citada teoría, plasmada en la obra 'El origen de las especies' (de cuya publicación se cumplen 150 años en 2009), el naturalista británico tuvo dudas.

El modelo de evolución que propuso era gradual. Según esto las especies cambian poco a poco a lo largo de las generaciones gracias a pequeños cambios favorecidos por la Selección Natural, porque suponen una ventaja adaptativa para el medio en el que habitan.

Esta forma de evolución engloba a todos los seres vivos, incluido el ser humano. Sin embargo, al propio Darwin le asaltaron preguntas que la Ciencia ha tardado un siglo y medio en responder, e incluso algunas que aún no ha solucionado, lo que le aporta, si cabe, más mérito a la formulación de la teoría.
Las dudas de Darwin

«Si las especies han descendido de otras especies mediante gradaciones insensiblemente diminutas, ¿por qué no vemos en todas partes innumerables formas de transición? ¿Por qué no está toda la Naturaleza en confusión, en lugar de estar las especies como las vemos, bien definidas?», se preguntaba el sabio británico.

Multitud de científicos modernos han profundizado en la investigación del registro fósil y han hecho ciertas las sospechas de Darwin. Las especies fosilizadas permanecen estables desde el primer instante en el que aparecen en la escala temporal hasta su extinción. Entonces, ¿cómo avanzan las especies a lo largo de la Historia de la Vida?

Coincidiendo con el aniversario de Charles Darwin, un equipo de científicos del Departamento de Ciencias Genómicas de la Universidad de Washington, del Instituto Médico Howard Hughes y del Instituto de Biología Evolutiva del CSIC y de la Universidad Pompeu Fabra han dado con una de las posibles claves que explicaría, al menos para las especies de homínidos actuales (orangután, gorila, chimpancé y ser humano), este avance discontinuo, expuesto hace casi cuatro décadas por los eminentes paleontólogos Stephen Jay Gould y Niles Eldredge en su teoría del equilibrio puntuado.

«La clave está en las duplicaciones del genoma», dice Tomás Marques-Bonet, primer firmante de la investigación, «se trata de regiones enteras del ADN que se duplican en algún momento del ciclo celular y se insertan en otro lugar. Esto aporta dinamismo al genoma», aclara. Las modificaciones que generan estas regiones duplicadas al insertarse en otro lugar de la secuencia de ADN provocan grandes cambios en los organismos y, por lo tanto, la selección natural puede actuar sobre ellos de forma muy rápida.

«Aunque al ser humano le vino bien tener esas duplicaciones, no podemos asegurar que estas regiones sean responsables de los genes de la humanidad», asegura Marques-Bonet. «Lo que sí sabemos es que en estas secuencias de ADN están las claves de enfermedades como la esquizofrenia, el autismo o el retraso mental», aclara el investigador.

Miguel G. Corral