domingo, 17 de mayo de 2009

EL NORUEGO ALEXANDER RYBAK : "AÑORO EL CHIKI-CHIKI"

ANÁLISIS DEL FESTIVAL DE EUROVISIÓN
Sí, pero añoro el chiki-chiki

El noruego Alexander Rybak (centro) tras proclamarse vencedor de Eurovisión. | Reuters
Actualizado domingo 17/05/2009 08:05 (CET)

DAVID GISTAU

Madrid.- El noruego Alexander Rybak arrasó con una canción de violín y tirantes como de mormones construyendo una cabaña. Y a Soraya sólo el afecto regional de portugueses y andorranos la salvaron del ridículo del último puesto.

Eurovision 2009 - Norway - Alexander Rybak - Fairytale


Vaya por delante que me gustó su actuación, su rostro de pómulos cortados a cuchillo, su goteo de vida, ese peinado rubio que es el que lleva buscando Guti toda su carrera. Pero no llegó ni a la mitad de puntos que Rodolfo Chikilicuatre, por lo que nos va mejor enviando frikis que compitiendo en serio.

En una de sus estupendas crónicas desde Moscú, Daniel Utrilla contó cómo la policía rusa reprimió cualquier intento vindicativo, a lo Orgullo Gay, de los eurofans. En realidad, detener a un gay en Eurovisión viene a ser como arrestar a un portador de arma en un congreso de la Asociación Nacional del Rifle, porque el festival es gay, y ello se nota hasta en los tipos femeninos de buena parte de las cantantes: desde la androginia pitillera a lo beau gosse hasta las espaldas de quarterback de algunas intérpretes como la sueca, que recordaba a Dennis Rodman cuando el pívot y bad boy de los Detroit Pistons se vistió de novia.

La sueca Malena Ernman, por cierto, abusó de otro recurso que ha hecho algo de fortuna en esta edición: los estridentes gritos a lo Castafiore. Su canción evocó los lamentos de las víctimas de bajo las sierras mecánicas de 'La matanza de Texas'.

El festival de Eurovisión es una de las grandes veladas gay. Y eso a uno le ha sembrado una enorme preocupación como padre primerizo. Homer Simpson se inquietó una vez por la tendencia sexual de Bart. Le dio a elegir entre fresa y chocolate, y cuando el zagal escogió fresa, Homer se lo llevó a matar un reno de Santa Claus como prueba iniciática de hombría.


Anastasia, la representante rusa. | Afp

Hace tiempo que vengo notando que mi hijo Luca no emite señales de aprobación cuando le acercó al televisor mientras juega el Real Madrid. En cambio, reacciona con interés cuando su madre pone Abba en el altavoz del iPod.

Por si fuera poco, ayer se quedó fascinado con el festival, se le cortó el llanto del cólico en cuanto Dima Bilan, el ganador ruso del pasado año en Belgrado, aterrizó sobre el escenario como un ángel caído que estuviera dispuesto a montar una barra libre de pecados.

Puedo comprender que al contemplar los pechos medio velados de esa Betty Boo turbia que es Dita Von Teese les encuentre más posibilidades gastronómicas que eróticas: al fin y al cabo, es un lactante. Pero que cabecee siguiendo el ritmo mientras al cantante griego le asoma el ombligo como el cuco de un reloj con cada campanada de cadera, eso, amigo, ya es para comprar un fusil y llevarlo a que abata un reno de Santa Claus.

En esta edición, Eurovisión se tomó muy en serio a sí misma. Quiere esto decir que fueron dispersados casi por completo los frikis a lo Chikilicuatre que animaron el cotarro de forma iconoclasta en años anteriores.

Como uno siempre consideró que Eurovisión era una oportunidad de exposición para cantantes anónimos y bailarinas de barra fija de bares de carretera, fue enorme la sorpresa al comprobar que en esta ocasión participaron artistas de tanta solera como Noa, con su belleza de ánfora encontrada en el fondo del mar, que cantó para Israel y deshizo la gozosa frivolidad con un canto a la paz en Oriente que fue como una interferencia de cruda realidad en el guateque.

O como la francesa Patricia Kaas, una Edith Piaf con menos grava en la voz que llenó sola el escenario: iba maquillada como si acabara de llorar, como si fuera a compartir un desgarro o a dejar una nota de suicidio musical. Estupenda.

Me dio pena Anastasia, la representante de Rusia, porque la avisaron de que debía salir a escena sin dejarle tiempo para vestirse y se presentó envuelta en la cortina de la ducha. Su canción fue terriblemente angustiosa, un verdadero anti-clímax en la fiesta, con esa composición en la pantalla detrás de ella donde iba envejeciendo y terminaba a llanto puro.

Si a Eurovisión se va como al país de Nunca Jamás, a parapetarse en una burbuja de hedonismo y juventud, a Anastasia sólo se le ocurrió recordarnos que somos mortales y que estamos todos en proceso de putrefacción. Conclusión: hemos sumado motivos para añorar la magnífica burla de todo de cuando el Chiki fue nuestro hombre al otro lado del telón de acero.

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