domingo, 3 de mayo de 2009

"EN MÉXICO SUFRIMOS UN INDICE DE IMPUNIDAD DEL 99 % DE LOS DELITOS"

"En México sufrimos un índice de impunidad del 99% de los delitos”

Foto de Pedro Madueño

Texto de Núria Escur

El escritor y periodista mexicano Sergio González se ha convertido en la voz que clama por la justicia en los aterradores crímenes contra mujeres en Ciudad Juárez. Conoció esa terrible realidad sin buscarla, casi por casualidad, pero desde entonces es plenamente consciente de su obligación moral para con las víctimas. Lo que denuncia es que las autoridades mexicanas no sólo eluden cualquier tipo de investigación sino que además han empezado a decir que la pesadilla de Ciudad Juárez es un invento literario.

Nunca imaginó que se implicaría tanto en una investigación. Pero los crímenes de mujeres de Ciudad Juárez entraron en su vida como una anécdota, siguieron como una revelación de corrupción nacional y acabaron por apoderarse de sus noches y sus días. Sergio González ha ido publicando por entregas todo el horror que rodea a esa localidad. Es uno de los principales sabedores de Ciudad Juárez. La publicación de Huesos en el desierto (Ed. Anagrama) descubrió ya en su momento muchos detalles de asesinatos seriados de, al menos, un centenar de mujeres. Ahora añade a ese trabajo su última publicación: El hombre sin cabeza. Actualmente, Sergio González (México D.F., 1950) está amenazado de muerte por “querer saber demasiado”. Recibió una paliza que le dejó secuelas. Hemorragia cerebral, hospitalización, pérdida de audición. Hoy lleva unos audífonos que acentúan su aspecto desorientado y una mirada de ojos saltones que detecta cualquier movimiento sospechoso. El Saviano mexicano tiene nariz de boxeador, y su rictus no está para sonrisas, no se cansa de denunciar una barbarie que ha traspasado los límites de lo ­imaginable.

Los datos se paran en 450 muertas y 4.500 desaparecidas desde 1993, según la Comisión Nacional de Derechos Humanos. ¿Cuál es la situación actual en Ciudad Juárez?
Se ha recrudecido la violencia, y últimamente se ha extendido a otras partes del país. Los factores más peligrosos en estos asesinatos sistemáticos de mujeres son el crimen organizado y el narcotráfico. Gobierno mexicano y narcos tienen un pacto de sangre. Pero por encima de eso está la absoluta incapacidad del Gobierno para combatir esta violencia. ¡La impunidad!

¿Está de acuerdo con las cifras?
Sí. Sobre todo, porque las autoridades son incapaces de dar cifras veraces, convincentes. En cualquier caso, son números alarmantes.

Existen casos de chicas que pudieron escapar tras una violación múltiple y dieron nombres y apellidos concretos de sus agresores. ¿Por qué nadie les hizo caso? ¿Por qué, tras prestar declaración, desaparecieron?
Porque no sirve de nada denunciar, saber quiénes son, porque uno se topa con que la misma policía no responde. Ese es el drama. Sucede que las autoridades no investigan. Son tipos anestesiados.

Entonces, entre narcotraficantes y policías, ¿quiénes son peores: los ejecutores o quienes los encubren?
Los criminales son gente de poder de Ciudad Juárez a la que aún no hemos conseguido que investiguen. Como ven que los delitos no se castigan, continúan con ellos… Piense que en México tenemos un índice de impunidad del 99% de los delitos.

¿Cómo?
Como le digo: el 99%. El asunto se ha venido degradando en los últimos diez años. La red policiaca está absolutamente corrompida por el narcotráfico, el sistema judicial, el sistema de partidos… todo.

Pero si alguno de esos policías quiere denunciar, seguir la ley, hacer bien su trabajo, ¿qué le ocurre?
Le segregan. Hay un pacto de silencio que empezó siendo de fraternidad masculina y acabó siendo de complicidad con el poder. Hay al menos cien casos de mujeres asesinadas con el mismo modus operandi que no han sido investigados. Esto lo dicen los expertos internacionales, las Naciones Unidas, Amnistía Internacional, periodistas independientes… No lo digo yo.

¿Cuál es el punto común entre esas víctimas?
Secuestro en la vía pública con violencia. Las víctimas se parecen: chicas más bien delgadas, no muy altas, de pelo oscuro, morenas de piel. Posteriormente son llevadas a casas de seguridad donde son sometidas a todo tipo de abusos.

¿Qué tipo de abusos?
Las torturan y las mutilan antes de ser violadas. Después las asesinan. En muchos casos se asfixian por estrangulamiento.

¿Por qué ese sistema?
Porque en el momento en que se las asfixia mientras son violadas los esfínteres anales o vaginales tienen convulsiones extraordinarias que proporcionan un placer adicional a esos sujetos. Criminólogos y médicos expertos así lo explican. No es mi invención. Yo no escribo fantasía, infortunadamente.

Pero, aparentemente, el índice de aparición de víctimas se ha reducido.
Porque ahora, en muchos casos, hacen desaparecer el cuerpo. A veces lo cuartean y lo dan de comer a los cerdos. Son usos escalofriantes, pero comunes en muchos casos.
Entre las víctimas hay niñas.
Hemos registrado casos de niñas con 7, 8, 10 años. Pero la mayoría son mujeres muy jóvenes que fueron secuestradas rumbo al trabajo.

¿Por qué la gente no se va de allí?
Tienen una actitud sumamente atemorizada. Cuando tú no puedes confiar en la policía porque ella misma es cómplice de los asesinos, evidentemente te repliegas. Te quedas sin capacidad de reacción ni para huir. La actividad económica ha descendido mucho allí, se han retirado inversiones. La lucha entre los carteles de la droga se ha extendido en todo el país.

Ocupan casi la mitad del territorio.
La mitad de los municipios del país está tomada por el narcotráfico. El índice de violencia es tan alto que no hay precedente en México. Esto debemos tenerlo claro: esta degradación es institucional. Pertenece, por complicidad, uso y conveniencia, a las propias instituciones.

En 1994, un procurador de justicia dijo que las personas asesinadas “algún motivo darían”. ¿Qué le interesa precisar?
Que se ha difundido la idea de que el narcotráfico es un poder eterno y misterioso. Como si viniera de otra galaxia. Y no es así. Está completamente enraizado en el propio sistema económico y bancario. Le doy un dato, acordado por expertos internacionales: en México se lavan de 10.000 a 25.000 millones de dólares al año procedentes de actividades ilícitas. No podemos suponer que un narcotraficante anda con un saco al costal y, de pronto, por su cuenta, obtiene dinero. No, no…

La corrupción es institucional.
Le daré solamente un detalle. En la lista Forbes aparece por primera vez entre los más millonarios del planeta, el narcotraficante más poderoso de México: Joaquín el Chapo Guzmán, el capo del cartel de Sinaloa. A eso yo le llamo el negocio de la ilegalidad. Alguien gana con el caos, y es tal la fuerza del crimen organizado, que acaban teniendo más armamento y más recursos que los policías.

Es facilísimo obtener el permiso de armas.
Se han introducido, a través del contrabando, quince millones de armas. Y sólo hay control sobre dos millones de ellas.

¿Existe algún punto de contacto probado con la mafia italiana?
Las mafias están interrelacionadas, pero lo peor es que la industria del narcotráfico arrastra consigo otras industrias de la delincuencia, desde el tráfico de personas sin documentar a la explotación de menores. En esa selva es imposible limpiar.

¿En algún caso los ejecutores se han equivocado de víctima y han agredido a algún familiar de sus propios círculos?
Para nada. Se han cuidado mucho de que eso no ocurra. Las víctimas siempre son pobres, gente que no tiene capacidad de realizar un reclamo más allá de presentar una denuncia.

Han surgido grupos de familias que reivindican que se esclarezcan los casos.
Sí, pero no obtienen respuestas. Son desoídas sus quejas. El grupo más importante es Nuestras Hijas, y están convencidos de que no ha habido ni un avance. Se dan los casos por cerrados; por mandato democrático, se les llama resueltos. Otras veces, simplemente, desaparecen expedientes como desaparecen víctimas. Encima, las autoridades del estado de Chihuahua, hasta la fecha, presumen de que están resueltos el 80% de los casos, lo que es una grandiosa mentira. De hecho, incluso ya han empezado a decir que nunca existió este asesinato sistemático.

Es como negar el holocausto y salvar a los nazis.
Lo mismo. Dicen que todo lo que ocurrió en Ciudad Juárez fue una invención de escritores como yo. Ahí están las víctimas y sus familias para desmentirlo. Que vayan a preguntarles a ellos, que vayan…

¿Qué pesa más en esta guerra: el clasismo o el sexismo?
Lo que dé más poder. Existe, por supuesto, un factor racista y de superioridad de clase. Cuando hablamos de tortura hablamos de genocidio. Pero las autoridades mexicanas han preferido llamarle crimen pasional. ¿Usted cree? No quieren afrontar la responsabilidad de poder que hay ahí de fondo.

Durante su investigación, usted fue agredido, recibió una paliza que por poco acaba con su vida.
Sí, con contusión cerebral, hemorragia, casi coma. Fui golpeado y torturado. Dos años después de publicar mi libro me amenazaron de muerte. Ahora no puedo acercarme a Ciudad Juárez ni a sus fronteras. Gente vinculada a asuntos de seguridad me han recomendado que no viaje.

¿Cómo llegan las amenazas?
Alguien se acerca, te rodea, te dice algo imperceptible y luego algo muy clarito. A veces, te musitan: “Ten cuidado con lo que cuentas de los asesinatos porque vas a tener problemas”. A veces, son más cínicos, te murmuran: “Alguien te está cuidando”.

¿Actualmente cuenta con alguna medida de seguridad?
No. Salvo venir aquí y conversar con usted. Publicar y seguir presente en la vida pública. Porque allí, en México, ya no confío ni en la policía ni en los militares.

¿Ha pensado en irse del país?
Sigo investigando, por eso publiqué El hombre sin cabeza. Volví a Ciudad Juárez tras el libro, pero en una acción encubierta. Entré por El Paso, Texas, en compañía de otro colega; no creo que lo repita.

¿Las amenazas se han hecho extensibles a su familia?
Sí, y es cuando uno toma conciencia del riesgo en el que anda metido. Pero no puede echarse atrás. Alguien tiene que hacer ese trabajo. Los riesgos estaban de antemano, yo lo sabía, y, aunque eran nebulosos, yo ya había decidido entrar en ese infierno. Y no voy a venir ahora, después de que las familias de las víctimas hayan confiado en mí, a decir que me voy…

¿Fue eso lo que le quebró? ¿Conocer directamente a esos padres que habían perdido a sus hijas?
Hubo un detalle que pudo conmigo. Entré en contacto con la madre de una muchacha desaparecida. La señora Eva, Evangelina, me invitó para conversar y explicarme el caso. Me llevó a su casa. Era una choza pobre, sin nada, precaria. Y a pesar de eso me ofreció algo de comer, fue llenando la mesa con cuenquecitos de cosas… cómo duele eso. Encontrar un ser al que le han arrebatado la hija, que no tienen nada material, y que encima es capaz de ese gesto de generosidad, fue para mí un signo de compromiso. Esas personas, aun en el dolor más extremo de sus vidas, en su escasez, son capaces de darte lo que les queda. Eso me conmovió.

Si sólo le dejaran escoger uno de esos casos para poder resumir lo que ocurre en Ciudad Juárez, ¿con cuál se quedaría?
El de Alejandra García Andrade. Una muchacha de apenas 17 años que ya tenía dos hijos. El padre de los niños se fue y la dejó sola con todo, pero la acosaba diariamente. Usted sabe, México es una sociedad muy machista. La mamá de Alejandra es maestra; su papá, conductor de camiones. La chica consigue con mucho esfuerzo estudiar y trabajar. Una noche del mes de febrero del 2001 sale de su trabajo en la maquiladora. En el trayecto hasta su casa es secuestrada. Una semana después aparece su cuerpo: violado, llagado, cortado. La estrangularon y la arrojaron a la basura. Lo hicieron unos sujetos vinculados al narcotráfico, les acusaron testigos visuales, pero todo fue inútil. Ella había estado gritando ante la impasibilidad de todos. Un caso horrible.

La madre de Alejandra puede cruzarse cualquier día por la calle con el asesino de su hija.
Por eso, ella y una compañera de trabajo, otra maestra, fundaron el grupo Nuestras Hijas.

¿Cómo es el cementerio de Ciudad Juárez?
Un cementerio de desierto. Las flores son de plástico o papel. Las pocas que hay naturales, francamente, no parecen flores. Es una lástima: las lápidas están ahí, amontonadas, no se puede decir de otro modo, en una loma llena de polvo. Al frente está el río que separa México y EE.UU. Del otro lado se ven los prados verdes, las casas ordenadas. Actualmente se ha convertido en un cementerio para mujeres. Y el país, en una cárcel.

En su libro cita usted unos rituales monstruosos que acompañan a la muerte de algunas chicas.
Creo que obedecen, por un lado, a una ideología irracional que se alimenta de ritos satánicos. Cortes triangulares, dibujos en el suelo con rocas, símbolos demoniacos.

¿La población de Ciudad Juárez es religiosa?
Predomina la religión católica, pero en los últimos años ha habido una fuerte participación de grupos evangelistas. De hecho, en Cerro Bola, que preside la zona, grabaron una leyenda gigantesca: “La Biblia es verdad”. Algún clérigo evangelista llegó a afirmar públicamente que esos asesinatos obedecían a un rito satánico de larga tradición para lograr el control del territorio. Habían logrado investigarlo: asesinar a mujeres, generalmente vírgenes. Hay gente que cree en eso.

¿La sangre como un símbolo?
Hay gente que cree que la sangre de las víctimas le da poder, invisibilidad ante la policía. Impunidad. Incluso parece como si les hubiera salido bien porque… en realidad, asesinan y es como si nadie lo viera. Yo lo atribuyo a un factor absolutamente comprensible y racional: el miedo.

¿El miedo sólo llega de un lado?
No. Los propios policías se sienten intimidados por la crueldad que les rodea. Es difícil que un policía, como un soldado, enfrentado a poderes descarnados, sin entrañas, se mantenga en su dignidad cuando casi no gana nada para los suyos. Su propia institución, corrompida, no les apoya.

¿Es cierto que en ocasiones les obligan a presenciar las decapitaciones para atemorizarles con lo que les puede ocurrir un día a ellos?
En efecto. La decapitación es un rito que proliferó en los últimos tiempos, y su efecto colectivo es muy fuerte. No hay nada más atroz que un cuerpo decapitado. Al divulgarse en los medios de comunicación, sabían que el choque sería determinante. No sólo se trata de matar al adversario: después de decapitar recogen parte de la sangre de la víctima, la ponen en un frasco y la ofrecen a la Santa Muerte, que es una deidad nueva que se han casi inventado. Antes eso podía ser un rito antropológico, ahora es un rito delincuencial.

El escritor Roberto Bolaño le pidió a usted ayuda e información para sus escritos.
Cuando él se acercaba al momento de terminar 2666 quiso hablar conmigo. Estábamos en Blanes (Girona), y me dijo que me había incluido en sus novelas, como investigador, con mi nombre real. Leerme me provocó un impacto tremendo.

¿Qué ha cambiado más en su vida desde que empezó a investigar los crímenes?
La permanente amenaza. Mi correo postal tienen que abrirlo antes de que llegue a mis manos, todo está bajo vigilancia; el correo electrónico, intervenido. De pronto se sienta un sujeto a mi lado, en cualquier sitio, y me suelta: “Te estamos cuidando”. Me he acostumbrado a vivir con una sombra y he tratado de administrar el miedo. Ya no voy solo a ningún lugar de noche, no salgo a tomar copas si no es en grupo, no ando sin compañía.

¿Qué resorte utiliza contra el miedo?
Tiene que ver con la memoria del dolor de estas víctimas. Con la indignación de una muerte bárbara… Simplemente con imaginarme eso, lo que debían de sentir en los últimos momentos, tengo que seguir adelante. Por ellos.

¿Qué significa la nota roja?
Es la información que lleva el grado más alto de impacto emotivo. La señal del periodismo del crimen. Yo nunca fui periodista de nota roja, yo escribía y fui finalista de premios de ensayo, ese tipo de cosas. Hasta que un día, dos años después de escribir algo sobre una chica, me doy cuenta de que hay algo más ahí detrás.

Crimen organizado.
Empecé a investigar sin saber que me encontraría con el drama del país, ese rastro de sangre… Mi
vida iba por otro lado, pero ahora ya no puedo abandonar. Esa es la dignidad de la literatura, o al menos así lo siento yo. Uno no puede aislarse del entorno, al menos no es mi caso.

¿Cómo definiría los medios de comunicación de su país?
Han acabado por fijarse sólo en el flash informativo, una línea o una imagen que pasa en un segundo por la mente del espectador. Y nada más. Ya no existe la interpretación. Los medios de comunicación buscan sólo esa nota roja de la que hablábamos, provocar el pasmo en el espectador. Ya no existe el reportaje de investigación, no hay espacio para ir al fondo de las cosas. El análisis es cada día más sintético.

¿Se aplica censura o autocensura?
Hay censura por razones de interés del capital. Muchos medios sienten pavor de meterse en un pleito con el gran magnate de la comunicación en México, Carlos Slim, por ejemplo. Ese es el dueño de todo.

Usted tuvo suerte: pudo publicar en un periódico que le ofrecía toda la libertad.
Mi periódico, Reforma, tiene una plantilla de opinión sumamente acreditada en el país, la mejor. A pesar del cambio tecnológico se ha mantenido en una postura crítica. Eso se puede avalar, fácilmente, leyéndolo.

¿Qué final augura a Ciudad Juárez?
Veo ahorita un final muy adverso. No tiene futuro. El único futuro posible es el que podamos inventarnos nosotros, porque en las condiciones actuales es imposible esclarecer nada. Salvo que hubiera una voluntad política de fondo para cambiar lo que hasta ahora no ha funcionado. Necesitamos avanzar. Se han hecho muchas acciones, pero ninguna eficaz.

Pero la conciencia social existe.
Se necesita que todavía sea más amplia para contener la barbarie. Tiene que haber una depuración integral. Si eso no llega, vamos a tener una desigualdad destructiva en la distribución de la riqueza. ¡Si no cambia eso, no hay luz! Y para cambiarlo tenemos que ser conscientes de la gravedad de la situación que vivimos.

¿Pero no lo son? ¿Cuántos muertos más les hacen falta?
Es preferible no hacerse falsas esperanzas… Los números son abrumadores, y hay quien se los salta. El Gobierno mexicano tiene el cinismo de decir que están haciendo una buena tarea.

Y fuera, en el extranjero, ¿son receptivos?
Sólo paulatinamente. La política exterior mexicana tiende a presentar una posición idílica de las cosas. No existe mentalidad de Estado, sino de partido. Si alguien la tuviera, diría: “¡Hasta aquí hemos llegado, señores!”. Necesitamos hombres de valor; ahora no los veo.

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